miércoles, 5 de octubre de 2016

Crónica - San Andresito

Campo de tejo San Andresito
Cuando llegaba el fin de semana, las canchas abrían sus puertas para que vecinos, amigos y personas de diferentes clases sociales se reunieran y fueran participes de grandes historias, historias que se daban gracias a los 18 metros que comprenden cada campo de juego, entre barro, música, cerveza y rudeza se construían grandes amistades, amistades que durante años se fueron fortaleciendo, gracias a los primeros campeonatos que realizaban en San Andresito.
Y es que de generación en generación se fue manteniendo el negocio, unos más entregados que otros pero todos apoyaban el mismo fin, ese fin que en donde no existía la clase social y como toda tradición el tejo era fundamental para la unión familiar, ya que siempre se reunían después de una semana dura de trabajo en el campo, mientras los niños corrían de un lado a otro los padres y abuelos celebraban la producción de sus cultivos entre mecha y mecha, entre cerveza y cerveza. Las risas se perdían en el estallido de la pólvora y los murmullos entre ellos no se hacía esperar  para saber cuál era el mejor, se enfrentaban entre ellos apostando un petaco de cerveza para que fuera más emocionante, la cerveza era algo que no se podía hacer esperar y es que tejo sin cerveza no era lo mismo, se sentía bastante adrenalina en cada lanzamiento pues no faltaba la moñona que los hacia celebrar.


Don Hernando Rodríguez  a las 04:00 de la tarde cuando apenas se está escondiendo el sol, se alista para salir a su jornada  laboral donde al parecer y por su actitud de agradecimiento lo considera su segundo hogar, ya que se convirtió en un negocio familiar, Después de Don Guillermo Gutiérrez es Don Hernando quien asume el cargo de este negocio, él y su familia al igual que generaciones pasadas no dejaron perder la tradición que tiene este negocio ya hace 30 años, y dice que es un trabajo que no requiere de esfuerzo y que es un negocio que le deja buena ganancia, disfruta mucho de sus amigos con quieres comparte una buena cerveza, después de risas él  recuerda mucho aquella época en la que solía jugar y competir en los campeonatos que allí organizaba, este es un espacio de conquista, se conoce que en cada juego solía aparecer el amor e iniciaban relaciones que  y como tradición familiar su padre quien con una construcción con más de cuarenta años de existencia, donde los únicos testigos de grandes historias son esos muros que han sostenido durante años lo que es hoy la cancha de tejo más antigua de Zipaquirá, la cancha que más se utiliza en el campo de San Andresito es la mini cancha esta se diferencia de la porque el tejo y la cancha son de menores dimensiones, este campo mide aproximadamente 7 metros de largo, pero la puntuación es la misma que en la cancha larga, son muy pocas las personas que juegan cancha larga, lo que hace que se vaya perdiendo poco a poco la tradición, Don Hernando dice con gran sentimiento que en la nueva generación esta que siga esta tradición tan bonita que con las nuevas tecnologías se va perdiendo su esencia  pero lo que si es cierto es que los jóvenes se están integrando con este deporte autónomo proveniente de Boyacá.


Discos metálicos no más de 800 gramos de peso y con medidas máximas de 9 cm  de diámetro en su base, con 4 cm de altura y un diámetro de 5.5 cm en su base superior es lo que se necesita para iniciar un juego muy ameno con los amigos y familiares, con esta descripción podemos decir que es el famoso tejo. Pasa el tiempo y la tradición se va terminado o por lo menos va cambiando de forma drástica, los abuelos quienes eran promotores de estas vivencias están muriendo y con ellos la tradición.

viernes, 9 de septiembre de 2016

viaje al campo zipaquireño

Video: Santiago Herrera Bello ID:348909 Cronica: 92 años de vida en el campo Don Vicente Jurado un campesino nato de la vereda casa lata del municipio de Zipaquirá, el cual a punta de azadón y junque dio un techo a su familia, a sus 92 años Vicente y sus compadres como muy generoso los llamaba a sus amigos se levantaban a las 5 de la mañana en punto para salir a sus labores de trabajo, unos zapatos de caucho (botas) una ruana y un azadón y directo a los cultivos de papa, seguido de un arado para remover la tierra para nuevos campos de siembra. Llegada las nueve de la mañana se dirigía a su choza (casa) donde Doña Rosa Herrera su esposa lo recibía con una taza de agua de panela un pan y un caldo para llenar de fuerza y seguir sus labores. Siendo las 10 de la mañana Vicente se dirigía a los corrales del ganado, una manila en las patas de sus consentidas y 3 horas esto era lo que se demoraba en ordeñar sus 35 vacas al lado su compañero de camino Benito un burro de 3 años quien lo acompaña cada día y llevaba las cantinas al comprador. Llegaba el medio día y nuevamente se dirigía a su casa, una mesa de tablas, unas cuantas sillas de troncos de arboles y sus hijos Rosa, Eudoro y Fabián almorzaban junto a el, gritaba donde esta el almuerzo mijaaaa!! un plato de cuchuco de trigo y una gallina criolla para seguir con su trabajo. En horas de la tarde Vicente recorría los corrales de las gallinas, cerdos y conejos para repartir la comida y agua para sus animales. Agotado de su arduo trabajo en el campo se dirigía a su choza a descansar y como dice el ¡a mira televisión debajo de las cobijas! Cada sábado se dirigía a la finca con sus compañeros a boliar piedra (tejo) y tomar guarapo como lo decían ellos unas hora donde compartían historias de trabajo entre ellos.